domingo, agosto 10, 2014

viernes, agosto 08, 2014

El tercer mundo en los huesos

Yo escribo porque me ayuda a pensar, a terminar de articular las ideas, notar donde faltan argumentos. Por eso escribo para mi, no para otros, desde hace muchos años. Este post es uno de esos, que escribo para mi, para tratar de entender algo pero que publico por si a alguien más le interesa o le sucede lo que a mi.

Yo soy colombiana, he vivido prácticamente toda mi vida en Colombia. Crecí en una familia que para este contexto es muy liberal, estudié en un colegio femenino de monjas que para este contexto es bastante liberal y luego fui a una universidad bastante liberal donde me especialicé en una carrera tradicionalmente masculina. Me he pasado la vida leyendo y estudiando, que es mi pasión declarada, y hago mi mayor esfuerzo por cuestionarme constantemente, en un intento de ser genuinamente liberal.

Por lo anterior, se podrán imaginar que soy muy crítica con la cultura y las costumbres colombianas, a las que me refiero como "la colombianidad". Confieso, con total franqueza, que ser colombiana me duele y me entristece mucho más de lo que pueden imaginar.



Cuando una persona nace pobre, es en realidad muy difícil que deje de ser pobre. Por que esa misma pobreza limita su posibilidad de pensar de una forma diferente a la que pensaron sus padres. Alguien que es pobre, tiene en su mente el ser pobre clavado en el alma y aún cuando consigue dinero jamás deja de ser pobre. Se ve en múltiples casos, en las personas que triunfan como deportistas, que se ganan la lotería, etc. El tener dinero de pronto no cambia su visión del mundo, su sensación de carencia constante, no cambia la pobreza. Rápidamente pierden su dinero y regresan a la pobreza, donde posiblemente, se sienten más cómodos.

Ser colombiano hace que uno tenga el ser tercermundista metido en el alma. No importa que tanto se viaje, se estudie, se lea, esa pobreza está en el alma para siempre. Y se nota en cada cosa que uno hace porque por ejemplo, para cualquier colombiano es perfectamente normal tener la expectativa de que cuando un policía lo para a uno es para sacarle plata, o que es normal que en los contratos al estado todo el mundo duplica la cotización a ver que ventaja saca, y que su alguien da papaya, pues uno aprovecha porque el vivo vive del bobo. Para nosotros es normal que los pueblos en el pacífico no tengan acueductos y los profesores de los colegios públicos sean los peores de todos. Por eso los hijos de los que pueden van a colegios privados, y listo. Así que sobrelleva la colombianidad todos los días.

Cuando uno racionaliza cosas simples, como que en realidad es muy estúpido colarse en una fila y deja uno de colarse en las filas, se convierte en el estúpido del grupo que siempre pasa de ultimas. Pero yo no me cuelo en las filas, aunque me quede de últimas. Y entiendo que eso no hace especial, pero al menos me deja dormir tranquila sabiendo que hice lo que me decía mi conciencia. Y peleo con la mitad de la gente que conozco por como cruzan las calles, se tiran como animalitos y se saltan los separadores, y yo con eso no puedo. Los obligo a ir hasta la zebra, cruzar por el semáforo y caminar de mas. Y no gano nada más que la cara de fastidio de todos, pero duermo tranquila, pensando que limpié un poquito mi alma de esa colombianada. Tampoco digo mentiras, jamás me he robado nada, le pago mucho más de lo requerido por la ley a la señora que me ayuda con el aseo, trato bien a todos los porteros y meseros que me atienden, y se que hay mucha dignidad en cada trabajo que una persona hace. No soy especial, esto se hace en casi todo el mundo y es perfectamente normal en casi todos los países. Pero no en el país donde reina la colombianidad.

Tengo un amigo querido, que tuvo la fortuna de nacer y crecer en el primer mundo, a quien siempre le digo que su mundo es más grande que el mío. Creo que él jamás ha entendido a que me refiero, y este post es un intento de entenderlo para tratar de explicárselo.

En los libros de historia he leído varios casos o historias de las épocas de la colonia en América, en que los esclavos negros que servían en las casas de los hacendados se sentían un poco menos negros, un poco mejores que los esclavos negros que trabajaban los campos o tenían otras labores manuales. Aprendían "modales" para poder servir en las casas, eran "negros de casa". Sin embargo, a los ojos de sus amos, eran igual de negros que los demás negros, solo esclavos.

Yo siento que a mi me pasa exactamente eso, el leer y cuestionar y viajar, me convierte en un negro de casa, pero sigo siendo un negro esclavo. El tercer mundo lo llevo en los huesos, porque me parece normal caminar por una ciudad militarizada, pensar que mi voto no vale, y que es normal que en Quibdó no haya agua potable. Y no importa cuanto lea, viaje, estudie o me cuestione, siempre voy a tener ese handicap, ese dolor, esa tristeza de vivir en un mundo chiquito de pobre, de colombiana.